Apuestas mortales es la tercera entrega de la serie del detective Spenser. Si en los anteriores casos se había enfrentado a un robo (El manuscrito Godwulf) y a un secuestro (Dios salve al muchacho), ahora será averiguar si el jugador estrella, Marty Rabb, del equipo de beisbol Boston Red sox, está amañando apuestas. Su cliente será Harold Erskine, presidente del equipo. Como es marca de la casa, al principio sus futuros clientes son más bien reticentes a contratar sus servicios y Spenser ha de desplegar todo su carisma para ganárselos.

«La única forma de saber si puedes confiar en mí es probándolo. Soy detective privado con licencia. Nunca he estado en la cárcel. Y tengo un rostro abierto y honesto. Estoy dispuesto a sentarme aquí y dejar que me mires un rato. Te debo el partido de béisbol gratis, pero al final tendrás que decirme lo que quieres o pedirme que me vaya».

Spenser deberá trabajar de incógnito para que la imagen de Marty Rabb no se vea mancillada sin razón (en principio). La tapadera de Spenser será la de un escritor que está recabando información para su libro The Summer Season. De esta forma tendrá acceso al entrenador, al relaciones públicas (Jack Little), una vieja leyenda del beisbol (Bucky Maynard) «un gran tipo, pero tiene mucho orgullo, y no conviene ponerse en su contra», jugadores, periodistas…

La idílica imagen del bateador que nos dará uno ellos:

«El chico más simpático que puedas imaginar. Sin mal genio, sin ego. Le encanta el juego. Muchos de los chicos de hoy en día solo están en esto por el dinero, pero Marty… Es el chico más simpático que puedas imaginar. Le apasiona el juego.»

comenzará a torcerse cuando Spenser hable con uno de los corredores de apuestas:

«Hay algo de dinero sospechoso apostado cuando está previsto que salga. Nada importante, nada en lo que pensaría si alguien como tú no hubiera venido a preguntar por él»

Y las sospechas de Spenser se acrecentarán después de la cena con Linda, la esposa de Marty Rabb. «Linda Rabb no era lo que se suponía que debía ser, y eso me molestaba, al igual que me molestaba que hubiera conocido a Rabb en un partido de béisbol, a pesar de que no le interesaba ese deporte hasta que se casó con él. Eran pequeñas cosas, pero no estaban bien». El detective pondrá su mira en ella y su pasado. En esa búsqueda de la verdad, Spenser recurrirá a sus contactos en la policía y se entrevistará con diferentes personas que en algún momento coincidieron con Marty Rabb hasta dar con la clave.

Pese al amor de Robert B. Parker por el beisbol, al igual que Spenser, no duda en ponerse las cosas en su sitio cuando la situación se complica: «Sra. Rabb, no es una maldita religión —dije—. Él no está ahí fuera, en Oakland, construyendo un templo al Señor o una escalera al paraíso. Está lanzando una pelota y los demás tipos intentan golpearla. Los niños lo hacen todos los días en los patios de los colegios de todo el país»

Decir Spenser, es decir Boston. Aunque en Apuestas mortales la investigación le lleve a otras ciudades, su escenario favorito está claro: «Fuera de mi edificio de apartamentos se respiraba un aroma intenso a verano. Al otro lado de Arlington Street, el Jardín Público era un placer soleado. Pasé junto a la enorme estatua de Thomas Bell de Washington a caballo. Los parterres estaban repletos de petunias y pensamientos perfumados, que contrastaban con el esplendor de las bocas de dragón escarlatas»

También es marca de la casa los platos elaborados que prepara y su sentido del humor irónico, por veces caustico. Spenser siempre hará justicia, aunque a veces su resolución estará en el filo o al margen de la legalidad. Un detective clásico con sello propio y casos aparentemente sencillos, pero que nos descubre lo mejor y peor del ser humano. Concluyo con un aspecto de lo mejor: un detective enamorado de Susan Silverman.

«Cada vez que la veía sentía el mismo cosquilleo en el plexo solar que había sentido la primera vez que la vi. Esta vez no fue diferente. Vestía unos pantalones cortos Levi’s descoloridos y un top azul oscuro de canalé. Llevaba gafas octogonales con montura de carey y portaba un libro en la mano derecha, con el dedo índice marcando la página».

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