Moscas abre con una cita del filósofo francés Jean de la Bruyere: «Los malvados son como las moscas que recorren el cuerpo de los hombres y solo se detienen en sus llagas». El título refleja perfectamente el ambiente de corrupción e intereses creados que se da en la isla de Palma. Esta novela corta arranca con el cadáver del periodista, Antonio Basquida Cifuentes, «un plumilla envalentonado que metía el hocico en todas las putas madrigueras. Con sus gafitas, la mochilita progre, el boli mordido». Antonio Basquida ha sido asesinado y arrojado en un vertedero ilegal. El inspector Joan Planells y su compañero Iñaki Altolaguirre se encargarán de la investigación. Ellos deberán rendir cuentas a la jueza del caso, Marga Valiente «los tenía bien puestos», ella «quería ser la mejor porque sabía que era la única forma de demostrar a todos que su premio extraordinario de fin de carrera no lo consiguió bajo la mesa de ningún profesor. Cosas de la España negra que enervaban a la hija del catedrático de Derecho Romano».
El crimen invalida la definición de la isla que le da el jefe de policía a Altolaguirre: «Pues que sepa que Mallorca es Sicilia pero sin muertes».
Los policías suponen que el que haya ordenado el asesinato estará entre los damnificados por las noticias del redactor de El Día, incluyendo compañeros de profesión porque él había publicado lo que otros no se atrevían. Por ello, entre los asistentes al funeral en El Cristo de la Sangre, entre esas «muchas caras conocidas jueces, empresarios, locutores, plumillas, sindicalistas, manadas de políticos» centrarán sus pesquisas.
Uno de los principales sospechosos es Tomeu Cifre a quien la policía judicial está investigando por amañar contratos con el Consell de Mallorca por una denuncia del diario de Antonio Basquida. Tome Cifre está casado con Natalia, una mujer fatal: «tiene que actuar rápido. Vive para ellos, mataría por ellos. Piensa, Natalia, piensa. Es un tío. Otros te han pegado antes. Todos te han querido follar, dominarte. Que fueras su trofeo. La morenaza andaluza que exhibir en las fiestas y doblegar en la cama. Siempre supo cómo poner el cascabel a tanto tigre. De eso ha vivido hasta ahora y pensaba seguir haciéndolo»
Sin embargo, no investigan sólo a Tomeu Cifre porque en la isla «se odiaban como solo se odia en Mallorca. Compartiendo confidencias, despellejando al tercero ausente, coincidiendo en cenas, asistiendo a los mismos actos y, siempre, saludándose tan efusivamente como ahora que coinciden a la salida del sepelio del mayor de sus forúnculos».
La mayoría de los personajes actúan sin escrúpulos, no persiguen el delito o lo denuncian cuando les conviene, se dejan sobornar con dinero, sexo, influencias…. hay corrupción política, judicial y policial, amaño de votos. Por ello, no es de extrañar personajes como un prestamista o un asesino a sueldo. El autor de Moscas nos lo va contando la historia con un lenguaje coloquial y frases cortas terminando por componer un panorama desolador (otros dirán realista), con una visión cínica, no exenta de humor negro. No todo está perdido, queda una esperanza y más de una decepción y una traición porque todos quieren mejorar su posición o no perderla en el nuevo tablero que ha provocado la muerte del periodista. No será la única. Todos con una lógica imbatible que conduce a alianzas imprevistas, cambios de bandos y sacrificios. Todos pagarán un precio y todo cambiará para quedarse como estaba.
Por último, sólo queda la duda de si Agustín Pery, director de El Mundo/El Día de Baleares entre 2007 y 2013, refleja en Moscas la realidad o, una vez más, la realidad supera la ficción. Dejo al lector que decida.
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