Muerte de un violinista es la tercera entrega de la serie del detective privado Ricardo Blanco. La Filarmónica de Nueva York está en Las Palmas. Juliette Legrand, viola, va a sustituir a Rebecca Adams «que había enfermado de repente. Aún no sabían bien qué era. Simplemente se había sentido indispuesta durante la cena de Navidad y había tenido que correr con ella al hospital más cercano. Tal vez fuera una intoxicación. Llevaban treinta días hurgándole el cuerpo con saña y no habían dado con el problema». Aaron Schulman, el primer violinista, será el siguiente en sentirse mal «comenzó a sudar. Palideció. Dejó caer su instrumento que destrozó el silencio del teatro. Se apagó lentamente. Como una vela, en el último instante, pareció refulgir. Pero fue un espejismo». Caerá muerto.

El inspector Álvarez, que habíamos conocido en las dos anteriores entregas cuando «un pijo que tuvo la desgracia de enamorarse de quien no debía» (Quince días de noviembre) y cuando «tres hombres que jugaron con fuego y acabaron ardiendo no sé si en el infierno o en casa del carajo» (Muerte en abril), le llama por teléfono para informarle de que ha dado su nombre a «un tipo del consulado» y está contratado para investigar de forma discreta el crimen. Él no tendrá los problemas y cortapisas diplomáticas con las que se encontrará la policía para llevar a cabo sus pesquisas.

«La vida de un policía era una vida perra. Ingrata. Ruin. Si a un detective privado la gente le tiene cierta ojeriza, a un poli se le niega el pan y la sal. No le arrendaba la ganancia, no. Mal queridos y peor pagados»

Ricardo Blanco viajará con los músicos a Tenerife donde continúan con su gira. Poco a poco el detective, haciéndose pasar por «una especie de relaciones públicas», irá averiguando quién se lleva con quién, enemistades, celos, las manías y costumbres de cada uno, cómo funciona una orquesta por dentro, cómo se selecciona a cada músico, tradiciones y con la amenaza del tiempo que se agota: en dos días la filarmónica volverá a Estados Unidos «cincuenta y nueve inocentes. Y un asesino».

En Muerte de un violinista conoceremos más detalles del abuelo de Ricardo Blanco, único miembro de su familia, tras la muerte de su madre y con la que su abuelo no se hablaba. Un retrato tan duro como realista y no exento de un fino humor. La prosa de José Luis Correa es un disfrute a la lectura: emplea un lenguaje coloquial, con frases breves y recursos poéticos, es evocadora y con descripciones que apelan a todos los sentidos:

«La abracé. Le busqué mariposas en el pelo. Le besé con toda la suavidad de la que fui capaz. Sabía a hierbahuerto Juliette. A limón. A ternura. La dejé dormitar sobre mi pecho. Pero tenía por cierto que no iba a poder susurrarle una mentira. No iba a subir con ella al Himalaya. No esa noche. No en su estado. Hubiera sido como aprovecharme de su debilidad. Quería que lo entendiera. No era falta de ganas. O que no me pareciera la mujer más deseable de la tierra. Me hubiera apetecido. De veras. Apagar su tristeza»

En Muerte de un violinista hay referencias al jazz, Frank Sinatra, Tonny Bennet… y cine clásico del que José Luis Correa se sirve para caracterizar a los diferentes personajes con los que se cruza Ricardo Blanco, así aparecerán menciones a actores como Kirk Douglas, Burt Lancaster, Henry Fonda, Robert Mitchum… Por ejemplo, la viola Juliette Legrand «tenía la misma luz, la misma elegancia, la misma dulce naturalidad de Audrey Hepburn en Encuentro en París«, luego se transfigurará en «una aleación de Ava Gardner con Rita Hayworth». También, José Luis Correa, al igual que en las entregas anteriores, nos sigue recordando sus referencias literarias «Me hubiese gustado ver a Sam Spade, a Philipe Marlowe, a Maigret en tamaña situación»

Concluyo por el comienzo de la novela cuando Ricardo Blanco se reivindica porque «soy así desde chiquillo». «Ya sé que resulta extraño, casi anacrónico, impropio de un detective lo del arrebato por la lectura y el jazz. No son pocos los que me creen un pedante, cuando no simplemente un totorota. Alguno me confunde, qué cosas, con un personaje de novela barata. «El problema contigo -me dicen- es que no hay quien se crea a un detective que lee poesía y escucha jazz. Que viva en Las Palmas, pase. Que tenga un abuelo de La Isleta ¿por qué no? Y una secretaria fea, vale. Pero que coleccione discos de Thelonius Monk anda ya, eso se lo desmonta a tu escritor hasta un crítico en prácticas».

Lean Muerte de un violinista y comprenderán por qué no queremos que Ricardo Blanco cambie y que sus historias continúen, lo de menos es quién es el asesino, lo más importante es quién te acompaña.

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