Pisto a la bilbaína es la primera novela del profesor Loizaga y la primera de José Francisco Alonso. Fue finalista del premio ICUE Negro 2022, en la categoría de mejor primera novela, en Cartagena Negra y en el VII Tuber Melanosporum de Morella negra.

Pisto a la bilbaína arranca con una mujer secuestrada, Begoña Letxea. Está atada a la cama en una habitación iluminada solamente por una claraboya. No tardaremos en enterarnos de que es la esposa de «uno de los más prestigiosos arquitectos de Bilbao».

Loizaga, profesor de filosofía en el Instituto de Educación Secundaria Miguel de Unamuno, queda a comer con su amigo, Román, el jefe de la Ertzaintza. Éste picará la curiosidad del profesor contándole cómo fue la entrega fallida del rescate por parte del marido de Begoña Letxea: «tres millones de euros en tres maletines, a uno por millón, por orden de los secuestradores, abrió un maletín y arrojó un millón de euros en pleno del Puente del Arenal, a las doce horas, repleto de viandantes».

El profesor Loizaga y su amigo Román investigarán el caso del secuestro. Un caso que se enrevesará y complicará por lo que ocultan y descubren cada uno de los personajes implicados, así como terceras personas que aparecerán. A esta trama, se le suma el dilema moral que tiene la hermana de Loizaga, Maite, psicóloga en los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Bilbao: «debía denegar una petición de ayuda social a una familia en riesgo de exclusión social por pobreza». La familia resulta haberse hipotecado en un piso en Zorrotzaurre, «un antiguo barrio de fábricas abandonadas y viejas casas de vecinos» donde el ayuntamiento de Bilbao tiene previsto levantar una nueva ciudad. Y a Maite le han recordado que su contrato expira en tres meses. Loizaga le dará una mano.

Un punto fundamental en el desarrollo de la obra y la construcción del personaje es la gastronomía. Ese pisto a la bilbaína será clave como muchos otros platos con los que se disfruta su lectura, así como la importancia que le da el profesor Loizaga a lo que come cada uno. En más de una ocasión los amantes de Andrea Camilleri recordarán sensaciones y momentos del comisario Montalbano cuando el olor de una comida que cocina un extraño le trae recuerdos y rompe el hielo o cuando Román y Loizaga almuerzan en sus locales habituales. El único inconveniente de esta novela es el hambre que le entra a uno cuando lo lee. Si no me creen, les transcribo la primera escena en la que nos describen cómo se come una cazuela de barro con pimientos entreverados: «Se coge el pan con los dedos, un buen cacho, y con él se rompe la yema y se aplasta la clara y, una vez ligeramente mezclados, se arrastra por el plato hasta juntarlo con el pimiento; entonces, y solo entonces, con el dedo pulgar se hace una especie de pinza que atrape el conjunto, que se eleva hasta la boca para introducirlo todo de una vez y que la mezcla de sabores inunde el cerebro. La proporción de huevo y pimiento al gusto».

Pisto a la bilbaína es una novela de misterio, donde se come bien, pero en la que no falta la denuncia de fondo de la especulación inmobiliaria, ni el humor, ni las gotas de filosofía de un profesor que plantea a sus alumnos (y lectores) cuestiones relacionados con el caso y posibles derroteros por los que se podría orientar la investigación. Esperemos que el profesor Loizaga siga dando muchas más clases y nosotros disfrutando de sus paseos, misterios, encuentros y comidas.

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