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Petros Márkaris no podía arrancar este segundo caso del teniente Jaritos con más fuerza: un terremoto asola la isla en la que pasa las vacaciones con su mujer, alojados en casa de su cuñada. “La construyeron el cuñado de Adrianí y su hermano en la época dorada de las subvenciones agrícolas de la Comunidad Económica Europea”.  Después del terremoto, aparecerá por este orden: un equipo de televisión, la ayuda de la península y “el cuerpo de un hombre” completamente desnudo. Los policías recurrirán a Jaritos “porque es del Departamento de Homicidios y sabe de esas cosas. Es la primera vez que vemos un cadáver en la isla”.

Nuevamente tendremos al teniente Jaritos y su familia tan imperfecta como humana entre crímenes y demás injusticias.

«—¿Será un crimen pasional? —pregunta Adrianí.

    Con tantos asesinatos que se cometen a diario en Atenas, yonquis que acuchillan por una dosis, albaneses que se degüellan por una mísera esponja, rusos mafiosos que matan por un coche destartalado, y ella aún piensa que todos son crímenes pasionales»

Jaritos, de vuelta en Atenas, le asignarán también el caso del asesinato de Kustas «dueño de dos clubes nocturnos (…) también poseía un restaurante de lujo en Kifisiá, el Kanandré, nombre extraño donde los haya». Inicialmente es considerado como un ajuste de cuentas, pero a Jaritos no le cuadra la ejecución del crimen. Su instinto le dice que no eran asesinos profesionales. En una ciudad, con una huelga general de basureros, irá en su Mirafiori de atasco en atasco, conociendo a los familiares del difunto y analizando los balances de sus empresas. Habrá más muertes y revelaciones que irán embrollando aún más los dos casos.

Si en la anterior novela, «Noticias de la noche», Petros Márkaris sacaba los trapos sucios de los programas de televisión, en esta ocasión denuncia el absurdo sistema fiscal con los equipos de fútbol (de ahí el título, «Defensa cerrada»), los amaños de los partidos y las encuestas de encargo por políticos deseosos de autopromocionarse en sus luchas intestinas. En esta novela ganará peso la parte personal de Jaritos, su hija Katerina y Kula, la secretaria de Guikas, su jefe, tendrá su momento de gloria. Como siempre, acompañaremos a Jaritos en sus indagaciones y no se detendrá cuando se encuentre frente a personas consideradas intocables o con los suficientes contactos para arruinar su carrera profesional. De hecho, siempre se manejará mejor en esas aguas peligrosas que en su relación con su mujer y su hija. Afortunadamente, no le faltarán «Los tomates rellenos (…) Después de veinticinco años de matrimonio, cuando discutimos podemos pasar varios días sin dirigirnos la palabra. Cada vez que Adrianí quiere dar el primer paso hacia la reconciliación, no me pide perdón ni rompe el silencio; se limita a preparar una bandeja de tomates rellenos que deja en la mesa de la cocina»

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