La noche se llama Olalla es la segunda entrega de la serie de la detective Ágata Blanc. La historia comienza con el diario de la víctima, una estudiante de ciencias de la comunicación que tiene una relación amorosa con Gabriel, otro estudiante de psicología. Ese día no han podido estar juntos porque su novio ha acompañado a su tía al hospital. Ella le envía un mensaje por teléfono y pierde la consciencia.

«Me desperté en una cama de sábanas sucias. Tenía las bragas bajadas hasta la altura de las rodillas y me veía en medio de una habitación de paredes deterioradas.

Me incorporé aturdida, notando dolores en todo el cuerpo, y especialmente en el ano y en la vagina».

Ha sido violada. Sólo tiene recuerdos fugaces de lo que ocurrió esa noche. No identifica los hombres que estaban con ella, sí recuerda una cámara de vídeo colocada en un trípode. Seguramente hallan grabado su crimen. En su última entrada del diario, escribe que irá a casa de su novio.

La víctima, Olalla, morirá en un accidente de tráfico. Seis meses después y a raíz de una pesadilla, su madre, Leonor Aguilar, una vieja amiga de Lucía Valmorant (a la que conocimos en El beso de la sirena negra) contrata a Ágata Blanc. Para entonces, el diario de Olalla ha desaparecido y Gabriel está ingresado en un hospital psiquiátrico porque no fue capaz de asumir la muerte de su novia.

La detective comenzará a investigar por la amiga de Olalla, Lucila «era como la hermana mayor que nunca tuvo. Confiaba en mí, me lo contaba casi todo. ¿La conocía bien? No lo sé… Siempre hay lugares del otro de los que no tenemos ni idea». A medida que transcurre su conversación con ella descubre una mujer completamente diferente a Olalla y se empieza a plantear si Olalla también se drogaba o si su conducta no fuera tan ejemplar como le describió su madre.

En paralelo Gabriel planea en la residencia psiquiátrica su venganza. Durante su ingreso ha estado uniendo las piezas del rompecabezas y está casi seguro de que Víctor, Julio y Bastian están implicados en la muerte de Olalla. La prueba definitiva ha de ser el vídeo y, de existir, «solo podía hallarse en una casa de El Viso». Se fuga de la residencia y consigue hacerse con una copia de la grabación. Ahora sólo le queda llevar a cabo su venganza. «Su piel recordaba antes de que lo hiciera la memoria, y las caricias del pasado regresaban a él con tal grado de pureza que en vez de procurarle sosiego le producían escalofríos, como si le hubiese acariciado la mano de una muerta que acabase de abandonar la sepultura y buscara con desesperación el calor de la vida».

En La noche se llama Olalla, Jesús Ferrero nos irá mostrando el día a día de los tres culpables. Tres personas que se sirven de su status social y su formación académica para dar una patina de respetabilidad a sus vicios y perversiones. No obstante, la muerte de Olalla ha trastocado todas las vidas de su entorno, ellos incluidos, y no hay vuelta atrás. Ágata Blanc buscará la verdad y Gabriel el ojo por ojo. Sus caminos se cruzarán.

En el trasfondo de la novela hay culpas, arrepentimientos, mentiras, justicia… y el escenario de las consecuencias de la crisis financiera del 2007, «cuando se regalaba dinero etéreo y los medios de comunicación proclamaban que España era la octava economía del mundo, las calles y las piscinas de Madrid se vaciaban en agosto». Los personajes se mueven por una ciudad donde «las colas de los comedores sociales eran cada vez más largas y en ellas se mezclaban parados, mendigos, buscavidas y gentes que hasta hacía bien poco se creían pertenecer a la clase media» y, en contraste, Víctor, Julio y Bastian frecuentan restaurantes, reservados y sitios de lujo. 

En la novela están integradas las reflexiones, las referencias cinematográficas al cine de Bergman (El séptimo sello, El manantial de la doncella…), literarias y filosóficas (Pierre Michon, Homero, Sade, Foucault…), los temas musicales interpretados por el quinteto Frenesí, cuya cantante calva «confería a las canciones cursis un aire perverso, que negaba desde dentro su cursilería y las convertía en artefactos tan excitantes como sorprendentes» y las pulsiones de sexo y muerte. A fin de cuentas, Jesús Ferrero nos sigue demostrando que se puede escribir literatura en género negro.

«Nadie sabe con seguridad qué le va a pasar al día siguiente, pensé, y en esa permanente incertidumbre vamos dibujando nuestros destinos, como osos polares que saltan de uno a otro iceberg en la noche ártica, ansiosos por llegar a un mundo más firme que siempre está más allá». 

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