Esta es la segunda novela con el inspector Leo Caldas como protagonista. El comienzo de la novela no es con el muerto canónico, sino con la visita que realiza al hospital Leo Caldas, junto a su padre, para ver en qué estado se encuentra su tío. La relación entre el padre y el hijo tendrá más peso en esta novela que en Ojos de agua. Unas páginas más tarde Caldas recibirá la llamada de su compañero Rafael Estévez.

«—¿Pasa algo?

—Hace media hora que nos han llamado desde el puerto de Panxón. Han encontrado el cadáver de un hombre flotando en el agua.

—¿Un marinero?

—¿Cómo quiere que lo sepa, inspector?»

 Pronto el forense apunta a que el hombre que ha aparecido con las manos atadas con una brida no se ha suicidado. El fallecido es «Justo Castelo. Era un pescador vecino de allí, de Panxón. Salió al mar en su barco ayer por la mañana y ya no se le volvió a ver. Por cierto, el barco tampoco ha aparecido».

Leo Caldas continúa con sus colaboraciones en la radio, en el programa Patrulla en las ondas lo que le da una popularidad no deseada en la calle. Esto provocará más de una sonrisa en el lector cuando los testigos asocien su nombre al de la radio. La novela nos adentra en el mundo de la pesca, la lonja… a través de los ojos foráneos de Estévez.

«Estévez se detuvo ante las nasas. Estaban colocadas cuidadosamente unas sobre otras y apoyadas en dos grupos separados contra el murete pintado de blanco.

—¿Cómo funcionan? —preguntó el aragonés.

—Son como jaulas con paredes de red —respondió el inspector señalando una de las de la última hilera.

—Eso ya lo veo, inspector.

—Pues eso. Se coloca ahí dentro el cebo y se dejan en el fondo del mar. Cuando las nécoras entran a comer, quedan atrapadas.

Estévez señaló un trozo de tubo ancho y corto situado en la cara superior de la nasa.

—¿Se cuelan por ahí?»

Y continúan los contrastes entre el compañero maño y Caldas.

«Estévez caminaba pegado a las paredes tratando de protegerse del agua. Su gabardina colgaba en un perchero de la comisaría. Se preguntaba en voz alta cómo podían los gallegos entender que en pocas horas una mañana primaveral se transformarse en invierno, y lanzaba un juramento si algún goterón se colaba entre las cornisas y hacía blanco en su cabeza.

 A su lado, el inspector avanzaba en silencio, sin confesarle que se limitaban a convivir con el clima sin tratar de comprenderlo»

 La novela se cuece lentamente.

«Cada detalle íntimo de las víctimas que iba conociendo suponía una pincelada de color que, poco a poco, terminaba por mostrarle a los seres humanos ocultos tras la investigación de un asesinato». En esa búsqueda de la verdad, el inspector Caldas irá descubriendo las relaciones entre los sospechosos y oyendo las habladurías del pueblo «que buscaban culpables en el pasado, en el miedo al fantasma del patrón de barco ahogado años atrás cuya sola mención hacía a la gente de mar tocar hierro y escupir al suelo». Poco a poco se van recogiendo pruebas, apareciendo testigos, formulando hipótesis que habrán de comprobar. El lector tendrá todos los datos para poder resolver el misterio. En paralelo, el inspector Caldas irá acercándose a su padre con la convalecencia de su tío y a otros personajes y lugares que le recordarán otros tiempos. Hay un tono melancólico, pausado que acompaña muy bien el clima y el ambiente en el que se desenvuelve la novela. Una novela que es un homenaje a la dura vida en el mar, el vocabulario, las imágenes en tierra también estarán relacionadas con el mar y es un homenaje a las gentes y paisajes de su tierra.

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