En El diablo en cada esquina Jordi Ledesma nos cuenta la vida de cuatro personajes que han vendido su alma.
Esteban es el hijo pequeño y consentido de un empresario de puertas venido a menos. A la muerte de su padre y con la crisis económica sus hermanos luchan por sacar adelante el negocio, mientras él «en cuanto se hizo un hombre, le empezaron a sobrar vicios, los carajillos de la mañana, las medianas del mediodía, el vino de la comida, las cañas de las siete y los cubatas de la noche, además de la cocaína, las pastillas, el cristal, las putas, el bingo…» Esteban estuvo a punto de ir a la cárcel, pero le salvó un buen abogado y la buena voluntad del juez. Desde entonces se gana la vida en campeonatos de golf en los que manipula su handicap para tener ventaja, pero no siempre vence y a Esteban le sigue gustando la noche. Por eso, cuando necesita dinero, recurrirá a el Mariscal.
«El viejo Mariscal capta almas extraviadas» y es una «ETT del crimen, capaz de disponer y suministrar personal cualificado para cualquier actividad delictiva. Cerrajeros, lanceros, expertos en seguridad y tecnología. Ladrones, correos, chóferes, falsificadores, químicos, atracadores, sicarios o artificieros. Tratantes de armas, mujeres, droga. Abogados, policías, aduaneros… Si lo puedes pagar, él lo consigue». Mariscal le propondrá a Esteban un plan sencillo:
«Te explico: se trata de una casa. El que maneja se queda en el auto, de campana. Dos bajan, el conserje abrirá la puerta y se dejará atar. Allí habrá una mujer. Vos subirás con ella hasta la segunda planta, en un despacho te dará la combinación de una caja fuerte. La abrís, sacás lo que haya dentro, atás a la mina y te largás. Hacelo rápido, en ese orden y no te lleves nada más».
Nada sucederá como previsto y Esteban navegará contra corriente porque los dados de la partida están trucados. El intendente Solís, encargado de investigar lo que sucedió en esa casa, está en la nómina de Mariscal «básicamente como informador». Sin embargo, Dulce, una prostituta colombiana que llegó a Barcelona buscando a su hijo, puede alterar los planes de todos porque se ha llevado lo que Estaban fue a buscar.
En El diablo en cada esquina Jordi Ledesma nos ofrece una novela negra coral cargada de maldad. Ningún personaje, ya sea principal o secundario, es inocente y todos por dinero, poder o supervivencia son capaces de cualquier cosa. Además hay crítica social a través de los personajes y sus vidas, como muestra, Santi, el cuarto protagonista, un legionario que después de su paso por las COES trabaja para Mariscal. Santi «ha crecido en la periferia de una ciudad insana, enferma, cuyo centro ofrece a sus visitantes mamadas indiscretas, a diez euros, en esquinas impregnadas de vómito y orín. Y alojamiento público en banco o cajero, sobre cartón, con una garrafa vacía por almohada. Una ciudad que propone asalto y tirón para pagar el speedball«.
La trama conduce a todos los personajes, sin ninguna conexión aparente, a puntos donde las acciones de unos condicionan las de otros o directamente coinciden. Esto logra que el lector esté siempre pendiente de lo que va a suceder. De hecho hay más de un giro que, por lo imprevisible, empuja a ir más allá. La escena en la que Esteban entra en la casa y se da cuenta de que el plan no marcha, descoloca al personaje y al lector. No entro en más detalles para no destripar la lectura.
Por último, destaco de El diablo en cada esquina las escenas de acción, su recreación me ha recordado las de los clásicos de las novelas de harboiled, en las que un enfrentamiento no se salda con un disparo, sino que hay forcejeos, luces que se apagan, empujones, puñetazos, sangre, humo… Si a todo esto le sumamos una novela con un lenguaje cuidado y menos de doscientas páginas, tiene todos los ingredientes para disfrutar de una buena novela (negra).
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