Puede que no sean ángeles es la quinta entrega del comisario Wenceslao Pérez Chanán. Si en Si Dios me quita la vida la acción transcurría en la ciudad de Guatemala, en esta ocasión Francisco Alejandro Méndez localizará la acción en el pueblo San Idelfonso de Todos los Santos donde han asesinado al sacerdote Santiesteban del Corral. Ha sido una muerte horrible («los textos escritos en el cuerpo, la boca cosida, el bambú, los clavos y el alambre espigado habían sido infligidos antes de que muriera»), atrás queda la visita que recibió unos días antes de tres hombres «bastantes raros, sus rostros estaban cubiertos por pañuelos casi por completo».

«Monseñor se encomendó a San Pedro de Betancourt, el santo de su devoción. Pensó en su viaje a Italia, en los fajos de billetes que los malhechores le habían tirado sobre su escritorio. Mientras asentía con los ojos llenos de lágrimas y su garganta permanecía atorada de saliva, juró sobre la biblia que obedecería el mandato que le estaban imponiendo».

Tras esa visita, en el sermón dominical, el cura hará un anuncio que seguramente sea la antesala de su asesinato. El comisario Pérez Chanán recibirá el encargo de encontrar al culpable con la presión del especial interés del presidente de la república pues «el finado es quien lo casó». El comisario con sus lugartenientes Enio y Fabio y la imprescindible secretaria Julia se instalarán en el pueblo. Su centro de operaciones será la cantina Aquí nadie pasa sin saludar al rey y desde el primer día comenzarán a indagar en la vida del sacerdote y entre los lugareños, considerando que «todos o casi todos son culpables. ¿Qué será más fácil: encontrar a muchos culpables o a un inocente?». Desde la capital, el ministro de la seguridad y del interior reclamará siempre que le tenga al corriente de las investigaciones.

Durante su estancia en San Idelfonso de Todos los Santos, el comisario llama a Wendy, su esposa, para interesarse por sus hijos y Muñeca, una «vieja pitbull» que Wenceslao salvó del sacrificio. Además, Pérez Chanán sabe que cuando vuelva tiene que afrontar la solicitud de Wendy de bautizar a sus hijos. Él no está muy por la labor, prefiere esperar a tengan la edad para que decidan por ellos mismos, pero Wendy es muy religiosa.

El crimen del sacerdote no será el único crimen que se produzca en el pueblo. A medida que el comisario vaya tirando del hilo de la madeja, la historia irá tomando un cariz cada vez más oscuro y peligroso. El comisario tomará una decisión que salvará la vida de sus compañeros, pero los conducirá a un callejón sin salida, donde no podrán contar con el apoyo del Estado. Les dejo solo una pincelada:

«Le había quitado ya el seguro a su arma. La dirigía hacia el cuerpo de Enio, el que no se inmutaba. Como que no era con él, a pesar de sentirle olor a la muerte y haberle encontrado figura, cuerpo y color».

En Puede que no sean ángeles, Francisco Alejandro Méndez nos describe una Guatemala donde «la violencia era rutinaria: muertos por robos, mujeres asesinadas, secuestros, extorsiones y accidentes de tránsito», la figura de Wenceslao Pérez Chanán es un faro de integridad moral y profesional, más a aún cuando «las fuerzas de seguridad habían sido vistas como fuerzas represivas y la imagen de la policía estaba por los suelos». En este aspecto recuerda a la figura del detective clásico, un Philip Marlowe y también un poco don Quijote, solo contra el mundo aunque Pérez Chanán cuente con dos escuderos y una secretaria de lujo en la batalla.  Por otra parte, el comisario no resuelve los casos en un abrir y cerrar de ojos, como un Maigret busca conocer a la víctima, para conocer al victimario:

«Cuando Wenceslao cruzaba el dintel de la puerta y ponía un pie en una escena del crimen se transformaba. Para él era como ponerse en trance. Como viajar a otra dimensión, a la dimensión de la investigación, de la ciencia, de las hipótesis, las preguntas y las respuestas».

Por último, el comisario Wenceslao Pérez Chanán no es un ser perfecto: Tiene ácido úrico, se olvida la medicación, come lo que no debe y no renuncia al ron Predilecto. Ahora ¿quién no se tomaría un vaso con él?

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