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“Yo, el jurado” se publicó en 1947. Desde el “El halcón maltés” en 1929 habían transcurrido dieciocho años y solo dos años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Mickey Spillane comenzó su novela con un argumento parecido al del maestro Hammett. Un persona cercana al detective es asesinada y él emprende la investigación. Sin embargo, es otra época y otra generación. No hay lugar para caballeros como Sam Spade que dejaba en manos de la justicia al culpable y se apartaba. El detective Mike Hammer irá hasta el final. En las primeras páginas describirá la muerte de su amigo, Jack, con un tiro en el estómago, arrastrándose moribundo por el suelo, hacia una silla que el asesino ha ido apartando poco a poco para que no alcanzara el arma que colgaba del respaldo. “Jack era lo más cerca que había tenido de un mejor amigo. Vivimos juntos y luchamos juntos”. De hecho, Jack perdió un brazo por interponerlo entre la bayoneta de un soldado japonés y el cuerpo del futuro detective. En la escena del crimen, Mike Hammer hará su declaración de intenciones: “no voy a dejar que el asesino en el tedioso proceso de la ley. Tú sabes lo que ocurre, maldita sea. Consiguen el mejor abogado que hay y le dan la vuelta a todo de tal forma que ¡lo convierten en un héroe! Los muertos no pueden hablar por sí mismos. No pueden contar lo que ocurrió (…) Ningún miembro del jurado sabe cómo se siente estar muriéndose o tener a tu asesino riéndose en tu cara”. Mike Hammer se sincera con el lector y con Pat, el policía encargado de investigar el delito y quien le recordará que “No, Mike, no puede ser así. Tú lo sabes”.

Mickey Spillane situará a Pat en muchas ocasiones como contrapeso de Mike Hammer y, en más de una ocasión, le llevará la delantera , en contra de las palabras del detective: “Tú eres un policía, Pat. Tú estás atado de pies y manos por reglas y regulaciones. Hay alguien vigilándote. Yo estoy solo. Puedo abofetear a cualquiera en la jeta y nadie puede hacer nada. Nadie puede despedirme. Quizás nadie se preocupe demasiado si me matan, pero aún tengo una licencia de detective privado con el privilegio de llevar un arma y ellos me temen”.

El detective y el policía saben que debió ser uno de los asistentes a la fiesta que se celebró la noche en que Jack murió. Analizarán la coartada y posibles de motivaciones de cada uno. Sin embargo, no podrán evitar que haya más muertes y tiroteos hasta una escena final, impactante por la que la novela será siempre recordada.

Mike Hammer ve la vida en blanco y negro, no hay grises. Los personajes no evolucionan, están fijados en sus distintos papeles. La novela tiene mucho del estilo de los tebeos serializados en los que Mickey Spillane hizo sus primeras armas (por ejemplo, colaboró con Stan Lee en alguna de las aventuras de “Capitán América”) Ritmo trepidante, mucha acción y descripciones muy visuales. En una entrevista, el autor no recordaba si “Yo, el jurado” lo había escrito en “nueve o diecinueve días”. Sí recordaba que fue rechazado por cuatro editoriales por “demasiado violento, demasiado sucio…” Aparte de los muertos, las mujeres (todas espectaculares y eróticas) se rendirán a sus pies, aunque Mike Hammer no es James Bond, es un puritano. No puede hacer el amor con la mujer de la que él está enamorado hasta que se casen, pero puede tener sexo con otra (apagando la luz de la lamparilla). No hay comentarios cínicos, ni crítica social, sino un fiel reflejo de la mentalidad conservadora de la época. Continua el debate abierto sobre la lucha entre el bien y el mal. ¿Se puede hacer el mal, como ocultar pruebas, abofetear a testigos, allanar viviendas, para conseguir condenar al malo? ¿Es justo que la víctima muera y el asesino viva? ¿Cuál es una pena justa para un asesino?

 

 

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