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La historia comienza con Tom Ripley siendo perseguido por un hombre. En unos párrafos el perseguidor cambiará la vida de nuestro protagonista: «Mi nombre es Herbert Greenleaf. El padre de Richard Greenleaf». La expresión de su cara era mucho más confusa para Tom que si él hubiera apuntado un arma a él. El rostro era amistoso, sonriente y esperanzadora. «Tú eres el amigo de Richard ¿verdad?»

El padre, un rico empresario, está desesperado con su hijo. Lleva dos años viviendo en Europa y todos los esfuerzos de sus padres para que vuelva han sido infructuosos. «Él tiene responsabilidades aquí -pero él ignora todo lo que yo o su madre intentamos venderle». Por ello y gracias a la recomendación de una familia que Ripley asesoró en un tema de impuestos, Herbert Greenleaf propone a Tom Ripley que viaje a Mongibello, con todos los gastos pagados y convenza a su hijo. «Tú probablemente triunfarás donde lo que los demás hemos fracasado».

Ripley ha vivido a salto de mata en Nueva York, redondeando el sueldo de sus trabajos con estafas a particulares. El dejar la ciudad en un camarote de primera clase, es comenzar «una nueva vida. Adiós a toda la segunda clase con la que él había convivido». Irónicamente Highsmith nos desvela que el sentimiento de Ripley es el de los inmigrantes que lo dejaron todo para ir a América. La América de Ripley será, Europa, Italia, Mongibello, Dickie Greenleaf.

No lo tendrá fácil, al poco de llegar a su destino, Ripley será consciente de que el hijo, con su placentera vida en Mongibello, su amiga Marge, sus excursiones y su afición a la pintura, no tiene ninguna intención de volver a su país. Dickie es y dispone de todo aquello que Ripley envidia. Lo mejor está por llegar, pero mejor que el lector lo descubra y lo disfrute. Sí se puede comentar sin destripar la novela que la autora nos mostrará los pensamientos más íntimos de Ripley, sus intenciones, sus miedos.

«El odió convertirse de nuevo en Thomas Ripley, odiaba ser un don nadie»

Al mismo tiempo percibiremos un ser sin personalidad definida, que se adapta a las personas y situaciones como un camaleón, incluso juega con la orientación sexual del protagonista.

«Tom dudó mientras su mente repasaba el rosario de cosas que podía decir: unas amargas, otras conciliadoras, agradecidas y hostiles».

«Alteró su comportamiento ligeramente, de acuerdo con el papel de un distanciado observador de la vida. Era todavía cortés y sonreía a todos, a la gente que le había prestado su periódico en los restaurantes y a los empleados del hotel, pero llevaba la cabeza más alta y hablaba un poco menos cuando hablaba»

La maestría de Highsmith hace que empaticemos con él, que nos pongamos en tensión cada vez que sus planes, sus coartadas estén a punto de irse al traste, cada vez que un personaje imprevisto irrumpa en escena o que un movimiento en falso le ponga en el borde del precipicio. Porque, a partir de un giro fatal, Ripley estará siempre midiendo sus pasos, sus palabras y anticipando las reacciones y testimonios de los demás por si declarasen ante la policía o ante un detective privado. Será una espiral vertiginosa en la que se verá atrapado el protagonista y el lector deseoso de que pueda salvarse, si es que puede. Lo que no podrá lector es dejar el libro sin leerlo del tirón.

Dos curiosidades. La primera, el argumento de encargar a alguien que viaje a Europa y se traiga de vuelta a Estados Unidos un ser querido aparece en «Los embajadores» de Henry James. Un libro que le recomiendan a Ripley y por el que pregunta en la biblioteca del barco. La segunda, según cuenta Highsmith en sus memorias, la inspiración de «El talento de Mr Ripley» le vino por un hombre solitario que vio desde la terraza de su hotel al alba. El hombre llevaba pantalón corto, sandalias y una toalla colgada del hombro. Ella anotaría más tarde «un aire pensativo, quizás incómodo. ¿Por qué estaba solo? ¿Había discutido con alguien? ¿Qué le pasaba por la mente?».

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