En 1930, Simenon presentó el primer caso del comisario Maigret: Pietr, el letón (Pietr, le-Letton)  a su editor, Arthème Fayard. Era la plasmación de su propuesta a Fayard de crear una nueva colección de novelas policíacas y aparcar sus «novelas populares». El editor leyó la obra y la rechazó porque ¿cómo iba a funcionar un comisario que fumaba en pipa, casado, sin aventuras, ni grandes enigmas y ni siquiera una intriga amorosa? Eso no se podía publicar. Arthème Fayard pidió a Simenon que continuara escribiéndole «novelillas» de pasión, aventuras…

Sin embargo, en 1931, Georges Simenon decidió plantarse y, lo más importante, logró convencer a Fayard para que le diera una oportunidad a su comisario Maigret. ¿Cómo lo consiguió? Simenon le propuso hacer un lanzamiento espectacular. La noche del 20 al 21 febrero de 1931 convocarían a la prensa y a todos los famosos de los artes escénicas a un «baile antropométrico». En La Boule Blanche, un club nocturno de Montparnasse, harían la presentación de las dos primeras novelas del comisario Maigret. Simenon, pese a la negativa de Fayard, no había dejado de lado al comisario y para la ocasión no presentó Pietr, el letón, sino La muerte del señor Gallet (Monsieur Gallet decedé) y El ahorcado de Saint-Pholien (Le Pendu de Saint-Pholien). El local, en Rue Vavin 22, cerca de los Jardines de Luxemburgo, había sido decorado con imágenes de cuerpos sangrientos y grilletes y todos los invitados se disfrazarían de gánsteres y prostitutas.  La presentación duró hasta las siete de la mañana y fue un éxito rotundo: Acudieron más de mil personas y Simenon se pasó casi toda la velada firmando libros. Además, al día siguiente todos los medios de comunicación hablaban del evento en sus columnas. Mejor publicidad, imposible. Maigret se comenzó a vender muy bien. De acuerdo con Lacassin «fue el acontecimiento parisino más mediatizado de antes de la guerra». Para ser justos hay que decir que, parte del éxito de este lanzamiento, Simenon se lo debe a la colaboración de su amigo, el periodista Pierre Lazareff.

Una última curiosidad, a sugerencia de Simenon, la portada de las novelas, no fueron con la ilustración a color habitual, sino con una fotografía en blanco en negro realizada por fotógrafos talentosos. Uno de ellos sería el mismo fotógrafo que saltaría a la fama cuando la revista Life publicó en 1950 su instantánea: «El beso». Efectivamente, Robert Doisneau.

Fuentes

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