La ciudad es nuestra es la crónica de la corrupción policial en Baltimore que se extendió durante años. «Junto otros miembros del Grupo Especial de Rastreo de Armas, Jenkins robó a los ciudadanos de Baltimore, sustrajo dinero de las redadas antidroga, se embolsó miles de dólares en efectivo encontrados en domicilios particulares y colocó pruebas falsas a su paso». Por aquel entonces, Baltimore era una ciudad en decadencia que perdía población año tras año. Los intentos políticos de revertir la tendencia se estrellaron con la situación económica. «Solo General Motors y Bethlehem Steel recortaron doce mil empleos entre 1978 y 1982». A la vez el tráfico de drogas y la violencia aumentaba.
Cuando Jenkins comenzó patrullar, Baltimore sufría aún las consecuencias de la epidemia de crack, batía récords en delitos violentos y en homicidios (más de trescientos anuales) y, como declaraba un agente al The Baltimore Sun «tal y como están las droga, hay mucho dinero efectivo circulando. A los chicos les resulta difícil ver todo ese dinero en la calle y no caer en la tentación». El alcalde de Baltimore nombraba comisarios con el único objetivo de convertir la ciudad en un lugar seguro. Por aquel entonces «los mercados de la droga eran al aire libre». Sin embargo, las órdenes policiales se volvieron más agresivas consiguiendo que subieran las estadísticas a cien mil detenciones «en una ciudad de menos de seiscientos treinta mil habitantes». En palabras de un agente «El mensaje desde los altos mandos estaba claro. Había que hacer lo que fuera necesario para detener la oleada de violencia. Lo que fuera necesario y punto».
En este caldo de cultivo, Jenkins junto a otros agentes, fueron llevando su particular campaña de detenciones. Sin embargo, aunque se pudo comprobar que al menos dos de ellas habían sido bajo falso testimonio del policía, su expediente permaneció impoluto. En la comisaría estaba tácitamente aceptado dejar libres a aquellos traficantes que daban información y proporcionarles dinero y drogas para que pudieran seguir en la calle.
Con el énfasis en combatir el crimen, se relegó al departamento de asuntos internos. No se investigaban rumores, el testimonio de delincuentes, traficantes no era tenido en cuenta. En el año 2007, el alcalde pudo anunciar que los homicidios habían bajado a menos de doscientos, la cifra más baja desde la década de 1980. Sin embargo, la fiscal de Baltimore, Patricia C. Jessamy, creó una lista de policías a los que no se les podía llamar para testificar porque «tenían problemas de integridad, pero permanecían en sus puestos».
En el 2012 Jenkins fue ascendido a sargento, cumpliendo la tradición, volvió a patrullar las calles con los nuevos policías. Por aquel entonces, Jenkins era toda una leyenda, el ejemplo a seguir, el ojo derecho de los altos mandos, aunque hubiera agentes (una minoría) que habiendo trabajado con él, no recomendaran pedir como destino de su sección.
Justin Ferron nos relata el trabajo de la fiscalía y asuntos internos, cómo comenzaron a acumular evidencias contra los miembros del grupo: Narcotraficantes que pagan porque les dejaran hacer sus negocios y eliminar la competencia, vídeos de arrestos ilegales, fabricación de pruebas, denuncias por falso testimonio, drogas y dinero que desaparecían… Aunque Jenkins y su equipo jugaban con fuego, también conocían los vacíos legales, las técnicas de los investigadores y sabían que les estaban siguiendo y que les podían haber intervenido las comunicaciones. Al mismo tiempo, la fiscalía era consciente de que debían tener todo atado y bien atado antes de emitir las órdenes de arresto. Un error echaría por tierra todos los meses, años de trabajo y ensalzaría aún más a unos policías con unas estadísticas impresionantes contra el crimen. El éxito significaría condenar a esos agentes del cuerpo de policía, a sabiendas de que
provocaría la puesta en libertad de personas inocentes y de criminales, porque no se considerarían legales las pruebas presentadas por cualquiera de ellos en los distintos juicios.
La ciudad es nuestra no es sólo la corrupción policial del grupo de Jenkins, es también una filosofía de trabajo, un cultura viciada, la corrupción de unos mandos y unos políticos que prefirieron mirar para otro lado, porque el fin de la reducción de la criminalidad justificaba los medios. No todo es desolación, hay policías honrados que denuncian las malas prácticas, que se enfrentan a los mandos o no secundan órdenes que consideran que ilegales y fiscales y jueces que se rebelan contra el clima de impunidad policial. Al final, como reflejan las novelas de Wambaugh, policía de profesión, los agentes no son superhéroes, aunque arriesguen sus vidas, y debajo de cada uniforme hay una persona con sus defectos y virtudes. Como curiosidad, antes de entrar en la policía, Jenkins se alistó tres años en los marines. Tiempo después su sargento afirmó que Jenkins poseía «el carácter más intachable que me he encontrado en mis veinte años de servicio».
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