La habitación de las niñas de Pablo Escudero Abenza es la novela ganadora del Premio Getafe 2025. El protagonista de esta historia es Germán, un secretario en los juzgados de Orcells, con un apellido poco común, Calderani y en ambientada en 1993. «Todo en aquellas salas huele a papel amontonado que se descompone para convertirse en polvo con el que alimentar a las bacterias». Ese apellido particular llamará la atención de Ángela, compañera de Germán, y al que comunicará que ha entrado un expediente donde se hace mención a una Calderani: Gloria Torres Calderani. Es la sobrina de Germán. Han de localizar a la madre, Guadalupe, hermana del protagonista, la cual perdió la custodia hace tiempo. Una discusión familiar y una elección obligada entre un marido que llevaba escrito la infelicidad o la familia, desencadenó que Guadalupe rompiera todos los puentes con ellos.
«De vez en cuando oía rumores que traía el viento.
Un viento frío que venía desde otros barrios, otros mundos.
Un viento desangelado que le hablaba de más drogas, de ataques, de palizas, de malos negocios, de enfermedades».
Gloria, de trece años, se ha escapado de la última casa de acogida después de agredir al padre y acusarlo de abusos sexuales. Desde los cinco años y medio, Gloria ha ido de familia en familia. Servicios sociales ha intentando que la madre volviera a hacerse cargo de ella, pero o su «madre no quería. O si quería, el juez decía que no podía». Germán volverá a la Cuesta Alta, donde se perdió su hermana, y en el local Divina, con descripción chandleriana «era la tarántula que se pasea por un helado de nata», contactará con Kimberley, conocida de los juzgados «por alteración del orden público» y cuando se llamaba Juan Carlos, quien le llevará hasta su hermana. Guadalupe no podrá hacerse cargo de su hija y, si nadie la acoge, acabará dentro del sistema hasta la mayoría de edad y arruinará su vida. Germán decidirá adoptarla, pero cuando Gloria entra en su casa, también entra el pasado de su madre. Pocos días después, Guadalupe aparecerá muerta con un disparo en la cara. El protagonista deberá tomar una decisión drástica para salvar a su sobrina, sin saber en quién puede confiar y sin que su memoria prodigiosa le pueda ser de mucha utilidad.
En La habitación de las niñas, Pablo Escudero con un estilo ágil e imágenes sugerentes, entremezcla los recuerdos de Germán con su presente. Por una parte, el pasado como lección e influencia, que no determinación y, por otra parte, como ironía de la vida. Él adopta a Gloria cuando su pareja María rompió con Germán por ir posponiendo su deseo de ser madre: «Y ella le enumeró las letras que ya habían vencido. Oposición. Piso. Coche nuevo. Y le habló de la frontera de los treinta. Él sonrió. No firmó ningún pacto. No atendió la única letra que ella le pidió que le firmara. No dijo nada que pudiera comprometerlo. Se sintió astuto por no hacerlo para que no pudiera pillarlo en una contradicción. El 1 de enero (…) le dijo que se marchaba para siempre». O la ludopatía de su padre que les trajo desgracias en el pasado y una vía de escape en el presente. La memoria y los secundarios construyen el mundo de Germán: Kimberly brilla en sus escenas y diálogos, el abogado Costa a su manera, Guadalupe, Ángela…
Como en toda novela negra no falta su denuncia social, en este caso en cómo opera la justicia, sin dar respuestas individualizadas: «El sistema judicial (…) está especializado en hacer preguntas y en tomar rutas automáticas. Sin desvíos. Siguiendo la huella de los neumáticos que cruzaron antes por la misma carretera.
Lo mejor que el sistema judicial tiene para ofrecer es el silencio administrativo».
Por último, como amantes de los clásicos, no puedo pasar ese guiño al lector de «Ángela tenía los ojos violeta, como las chicas guapas de las novelas de detectives», a la escena del tiroteo o el prefacio con una frase de Jim Thompson que sirve de resumen de la novela y de la vida: «Cuando uno tiene que escoger entre comer o ser comido, ¿qué es lo que va a hacer?».
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