Lionel White no comenzó a publicar sus novelas hasta la edad de cuarenta y siete años cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, se fue a vivir a Long Island. Para entonces, había trabajado como reportero en Cleveland y en Nueva York, había sido redactor de la revista True Magazine (1935-1936) y había publicado en distintas publicaciones de casos reales de la crónica negra.

White escribió un total de treinta y cinco novelas, a pesar de que irónicamente comentara del oficio de escritor que «es la única manera de ganarse la vida cuando uno es demasiado perezoso para trabajar o demasiado incompetente para mantener un empleo».

Lionel White publicó en 1955 Clean Break. La novela fue un éxito cuando Kubrick decidió llevarla a la gran pantalla un año después. Por cierto, con la colaboración de Jim Thompson en el guion y aunque el director le relegara en los títulos de crédito a «diálogo adicional», la asociación de escritores dio la razón al autor de Asesino dentro de mí o 1280 almas y lo reconoció como coguionista. Esto le valió a Thompson la compensación de Kubrick con un contrato de 750 dólares semanales para escribir el guion de su siguiente película: Senderos de gloria.

El éxito en el cine llevó a que Clean Break se reimprimiera como The Killing, en español la novela la conocimos directamente con el título traducido libremente de la película: Atraco perfecto. No era la primera vez, ni será la última que un editor aproveche el tirón cinematográfico para reeditar sus obras con el título de la adaptación, otro ejemplo famoso es el de David Goodis y su Down There que, tras la versión de Truffaut, pasaría a ser Disparen al pianista.

En Atraco perfecto tenemos un golpe planificado hasta su último detalle por Johnny Clay durante su estancia en prisión. Él sabe que, si lleva a cabo el golpe con otros criminales, la policía les detendrá porque buscará entre ellos a los autores del atraco. Además, sabe que los criminales, tarde o temprano, no dudarán en delatarse unos a otros. Por ello, decide organizarlo con personas que carecen de antecedentes y tienen su trabajo normal. Así citará con la dirección en un billete de apuestas a Marvin Unger quien «consideraba que apostar no sólo era estúpido, sino estrictamente una propuesta perdedora. Quince años como taquígrafo judicial le habían dado la oportunidad de ver con frecuencia lo que suele ocurrir cuando los hombres depositan su fe en la suerte en oposición a las probabilidades matemáticas definitivamente establecidas».

En ese mismo hipódromo, trabaja Mike Aloysious como camarero en el bar: «Un hombre moral y recto, a pesar de su debilidad por jugar a los caballos y una debilidad aún mayor por la comida. Con sesenta años, buen católico y padre de una hija adolescente, desaprobaba mucho a la generación más joven. Sobre todo la parte de ella que veía cada día alineada en el bar frente a él». Mike conoce a Johnny Clay desde que era un chaval y cuando le propuso su plan aceptó. «La pobreza sin fin de su vida y su lucha constante por salir adelante con el sueldo de camarero -salario que compartía invariablemente con una serie de corredores de apuestas- le habían amargado y agriado. Cuando pensó en todo aquel dinero que atravesaba cada día las rejas del hipódromo, empezó a preguntarse si realmente habría algo malo en desviar parte de él en su propia dirección»

Otro trabajador en el hipódromo, George Peatty, encuentra su motivación para participar en el golpe en satisfacer a su mujer, Sherry, con la que lleva dos años casado. Está locamente enamorado de ella, pero sabe que ella es infeliz «de alguna manera, había fracasado como marido y como hombre». Sherry era «la clase de mujer que quería todo y lo mejor».

Por último, tenemos a Randy Kennan, un policía que debe veintiséis mil dólares que no tiene. Acuerda pagar treinta mil dólares en un mes.

Estamos en Nueva York, todos se encuentran en la calle 31 Este en el 712, habitación 411 a las 8 horas ante un plan sin falla y con todas las medidas de seguridad tomadas para que nadie pueda interferir en él. ¿Nadie? Pronto sabremos que la infidelidad de Sherry con un mafioso puede echar al traste un plan que se va ejecutando como un reloj en una cuenta atrás llena de tensión y ritmo.

Es una novela de personajes en los que descubrimos cómo se convertirán en criminales en unos días. Apostarán sus vidas, cruzarán la línea de la legalidad para repartirse un botín que significará una nueva vida, recuperar el amor de una mujer, una nueva identidad… Lionel White tiene la habilidad de encarnar esas motivaciones en personajes que representan la cara opuesta del sueño americano, las aspiraciones y la cruda realidad, el sacrificio diario para quedarse donde uno está, las vidas grises y el sacrosanto dinero… Más de un lector se planteará qué habría hecho de haber estado en el pellejo de alguno de los cuatro participantes y haber recibido la invitación a un golpe limpio, rápido y sin muertos.

«Lleva mucho tiempo por aquí. Sin antecedentes y con buena reputación. Pero quiere dinero y lo quiere con locura. Es como tú y como yo: ya no le importa de dónde venga, sólo que se lo den. Se puede contar con él».

La presencia de la policía es marginal, aunque todas las acciones de la banda están encaminadas a eludir la justicia (la legal), la que no podrán eludir es la otra justicia, ilegal, ¿justa? ¿cruel? Y sí, es imposible no mencionar Jungla de asfalto de W.R. Burnett, publicada seis años antes, en 1949 y que se convirtió en la obra de referencia de la novela de criminales, pero eso lo dejamos para otra reseña.

Termino con otra referencia cinematográfica, Quentin Tarantino definió su Reservoir Dogs como «mi The Killing» y entre las personas a las que dedicó la película estaba Lionel White. Genio y figura en la entrevista que le hicieron, afirmó que no había leído la novela, pero sí otras novelas del autor. Si no han leído ninguna de él, esta puede ser un buen comienzo.

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