Mi pistola es veloz es la segunda novela de Spillane de la serie del detective Mike Hammer. Mickey Spillane logró el éxito con la primera entrega: Yo, el jurado (I, the Jury) publicada en 1947, seis años después había vendido más de tres millones de ejemplares, polémica incluida por el final en el que Hammer daba cuenta de la persona que había asesinado a su amigo. Ya fuera por esta polémica o porque Spillane decidió reorientar la carrera de su detective, en esta entrega tenemos un Mike Hammer un poco más sosegado y racional. Aunque, tampoco nos engañemos, es un hard boiled que bebe del creador del prototipo de detective de novela negra, Carrol John Daly con Race Williams y su El rugido de la bestia. Por cierto, esta obra fue publicada meses antes de Cosecha roja de Hammett.

En Mi pistola es veloz, en la primera página, Spillane, a través del protagonista, hace toda una declaración de intenciones dirigiéndose a la gente que lee cómo es la vida desde su silla o se imagina a los romanos sentados y divirtiéndose en el Coliseo con las bestias enfrentándose a los esclavos: “Ya no existe el Coliseo, pero la ciudad es un lugar más grande, donde se sientan más personas. Las zarpas afiladas no son de los animales salvajes, sino de las del hombre que pueden ser el doble de afiladas y viciosas. Tú tienes que ser rápido, y tú tienes que poder o te conviertes en uno de los que serán devorados, y si tú puedes matar primero, no importa cómo y no importa quién, puedes vivir y volver a tu silla confortable y tu chimenea agradable. Pero tú tienes que ser rápido. Y poder. O estarás muerto”.

Hammer ha concluido un caso con éxito pasada la medianoche. Está tan cansado que se queda dormido en un semáforo. Decide tomarse “un par de tazas de café” en un antro que está abierto. Allí se encuentra con una prostituta, pelirroja. Ésta se le acerca y le pide que le invite a un café. Ella se da cuenta de que Hammer está demasiado cansado para convertirse en un cliente y Hammer de que ha sido una mujer hermosa, sus ropas están pasadas de moda, unas ropas “demasiado ajustadas. Mostraban mucho sus piernas y sus pechos; una piel blanca hermosa y joven, todavía firme, pero su rostro era viejo con el conocimiento que nunca dan los libros”.  Hammer tiene un encontronazo con un hombre que irrumpe en el local y amenaza a la pelirroja. Hammer le acaba dando dinero a la chica para que se compre ropa nueva y busque un trabajo.

A la mañana siguiente, en los periódicos Hammer leerá la noticia de que una pelirroja ha sido atropellada mortalmente y el conductor se ha dado a la fuga. El detective comprueba con la policía que se trata de la misma mujer.  Hammer piensa que no ha sido un homicido, sino un asesinato, pero no tiene ninguna prueba que aportar, ni siquiera sabe cómo se llama la víctima. No obstante, Hammer lanzará una investigación para averiguar la identidad de la pelirroja y la razón por la que fue asesinada. Poco a poco, Hammer se irá metiendo en los bajos fondos de Nueva York y descubriendo las conexiones entre la prostitución, empresarios y políticos. Al detective le dispararán, le golpearán, le darán por muerto y encontrará apoyo en su secretaria Velma y consuelo en Lola, otra prostituta que ha dejado la profesión y que conoció a la asesinada. Habrá muchos intereses en juego, demasiados, y más de un revés en las investigaciones. Le dejo al lector con la intriga de si Hammer saldrá victorioso realmente o no, si la pelirroja era quien realmente aparentaba ser, si los hipócritas pagan o si Hammer asentará de alguna forma la cabeza con Lola.

En esta obra o la anterior de Mike Spillane no esperen la poesía, la ironía o los personajes de carne y hueso de Chandler en El sueño eterno o Adiós, muñeca por comparar las dos primeras obras de ambos autores. Spillane es todo acción, las descripciones de hombres desenfundando el arma, disparando, cambiando de lugar, vaciando el cargador… son muy visuales y se percibe claramente la influencia que mencionamos de Carrol John Daly al inicio. De hecho, como anécdota, el propio Spillane reconoció en una carta que remitió a Carrol John Daly, y que le estuvo a punto de valerle una demanda por plagio, que Hammer estaba inspirado en su obra. Así, abundan las frases cortantes y mujeres en peligro, siempre hay un deber moral y la acción prima sobre la reflexión en una ciudad vista como un lugar peligroso.  Por ello, no es extraño que Spillane emplee términos bélicos para describir situaciones comprometidas en las que enfrentándose con el mal, solo se puede salir muerto o herido.

La moral de Spillane es maniquea: eres bueno o malo. Haces lo que debes o eres un vendido. No hay medias tintas. Sin embargo, al igual que le ocurre al detective de El grito de la bestia, la policía no es un obstáculo. Al contrario, Hammer reconoce que los policías han de guiarse por el imperio de la ley y colaboran en las pesquisas. No obstante, él debe guiarse por un principio moral superior y, al no estar sujeto a esa ley que puede proteger a los malhechores, se arroga el derecho de impartir una justicia tan veloz como su pistola.

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