El palacio del porno está considerado como la mejor de las novelas (hasta la fecha) de Jack O´Connell. Es la cuarta obra de una serie que transcurre en la ciudad inventada de Quinsigamond (en parte inspirada en Worcester, donde reside O´Connell). De este autor, alguien como James Ellroy, tan poco dado a complacencias, ha dicho que es «el futuro de la novela de suspense, oscura, literaria».

Jack O´Connell nos presenta tres historias que se irán entrecruzando en un ambiente sórdido, decadente y, por momentos, irreal. La primera historia gira en torno a Jakob, el hijo único de Hermann Kinsky, un mafioso local, que quiere ser director de cine, no como su padre quien  «maldice el día en que algún genio idiota inventó las películas». Hermann Kinsky es un hombre que emigró de Maisel a Quinsigamond, sobornando a un «quejumbroso subsecretario de Emigración». Para juntar el dinero necesario hubo de vender  «gasolina, cigarrillos y carne de caballo de contrabando. Organizó loterías y juegos de dados. Promovió un creciente negocio de préstamos ilegales, rompió todo un récord de rótulas recalcitrantes» y, como hará uso más adelante, «asfixió a un batallón de tipos desesperados y sin futuro con una cuerda de piano Schonborn. “Sólo uso Schonborn -decía a la congestionada víctima-; nunca se rompe”.

En contraposición al hijo del mafioso, está su sobrino, Félix, un lugarteniente que emplea a los Cucarachas grises para los delitos más variados, «dieciocho carniceros escogidos a los que han convertido en un cuadro de monjes guerreros para el día en que, como promete Félix, la ciudad sea patrimonio absoluto de la familia Kinsky».

En la segunda historia hay una pareja: Perry y Sylvia. A Sylvia le abandonó su padre siendo un bebé y su madre murió siendo ella adolescente. Sylvia trabaja en «una de esas minúsculas cabinas de fotografía que hay junto a todos los aparcamientos de Estados Unidos (…) casi no hay sitio para moverse. La gente sufre ataques de claustrofobia con solo verlas. Y la de Sylvia es aún peor». A su pareja, Perry, le fastidia «esa visible falta de ambición, esa carencia de una carrera profesional». Él, en cambio, es un abogado de un importante bufete, Walpole&Lewis, y pronto será socio. Para celebrar el inminente ascenso, Perry le regalará, aunque no de buen grado, una máquina fotográfica que Sylvia ha visto anunciada en una tienda de segunda mano. La escena en la que Perry cede al deseo de Sylvia y le dice que la compre sucede en el aparcamiento de un cine. Hacen el amor en el asiento de atrás del Buick. «Cuando la respiración de Perry se altera, y Sylvia nota que los músculos de sus muslos vibran, se ponen tensos, se relajan y vuelven a poner tensos, y que Perry emite una especie de gemido entrecortado por la nariz, piensa en la cámara Aquinas. Piensa en el momento en que se la acercará a los ojos y enfocará algo.

Piensa en la emoción que sentirá cuando apriete el disparador, abra el objetivo y plasme un instante perfecto, una rebanada de vida. Una imagen elegida por instinto y absolutamente perfecta.

Se pregunta qué será».

El tercer protagonista es el Palacio Erótico Herzog, un «ejemplo de libro de la forma como consecuencia de la función, si el autor del libro fuera un ególatra visionario que viviera a base de alucinógenos y de novelas góticas. Resulta teatral hasta el punto de la autoparodia, pero sin cruzar la raya del todo». También el edificio será el blanco de la ira de un telepredicador, Boetell, que asocia la maldad a las películas pornográficas que se ruedan y exhiben en su interior. Ese telepredicador contará con la ayuda y asesoramiento del bufete de Perry.

Sylvia se desplazará a la Zona del Canal para comprar su cámara fotográfica. La Zona del Canal es un barrio peligroso, por veces surrealista, por veces apocalíptico.  Sylvia no pagará la máquina. El vendedor le dice que se la lleve y que, cuando la haya probado, vuelva y la abone. Según le dice esa cámara perteneció a un famoso fotógrafo, Terrence Propp, una leyenda en la Zona del Canal, al que nadie ha visto, pero del que reconocen sus instantáneas. La sorpresa de Sylvia será mayúscula cuando abra la cámara y vea en el interior un carrete con siete fotografías. A partir de ese momento sabrá que ha de dar con ese fotógrafo, sin ser consciente de que esa búsqueda por la Zona del Canal significará una búsqueda de sí misma y de su sueño de ser fotógrafa. A su vez, sus diferencias con Perry se irán agrandando. Por una manifestación que acaba en disturbios, obligando a la policía a intervenir, Sylvia se refugiará en El Palacio Erótico Herzog. Ese mismo Palacio Erótico Herzog que ha sido adquirido por Hermann Kinsky trámite un préstamo que el dueño, Hugo Schick, no podrá devolver. Éste se prepara para su última gran escena de una película erótica que lleva años dirigiendo y en la que participa Jakob como asistente de dirección (condición del préstamo)

Tanto Jakob como Sylvia han visto multitud de películas clásicas. Jakob las asociará a Felice, una niñera con la que tuvo una relación especial y Sylvia a su madre con quien compartía su pasión por el cine. «Iban a todos los estrenos y, al llegar a casa, llevaban el televisor al dormitorio y se quedaban dormidas viendo películas clásicas».

Sobrevuela toda la novela la desaparición de una niña de diez años, Jenny Ellis, con anuncios en la radio, carteles en la calle, en vallas publicitarias, en folletos… Y aparecerán y desaparecerán personajes secundarios que dan una imagen de sueño o película a toda la narración. No solo es cine, del que abundan las referencias a directores clásicos y escenas famosas, también es arte, fotografía, filosofía y denuncia de una doble moral en el que los que se alzan como salvadores o héroes, tienen más de demonios y traidores que a los que acusan de tales.

Es una novela que cuando uno termina de leerla descubre en las páginas finales que todo ha sido concebido con la precisión de un reloj suizo. No hay ninguna pieza, comentario o escena gratuita y las reflexiones y comentarios (por veces contradictorios) no hacen más que añadir más lecturas y niveles a esta novela. Una novela negra que es un punto y aparte.

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