«Por estas calles malas tiene que caminar un hombre que no es malo, que no está ni comprometido, ni asustado. El detective de esa clase de relatos tiene que ser un hombre así. Él es el héroe, lo es todo. Debe ser un hombre completo y un hombre común y, a la vez, un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien manida, un hombre de honor -por instinto, por inevitable, sin pensarlo, y seguro sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. No me importa mucho su vida privada; no es ni un eunuco, ni un sátiro; pienso que podría seducir a una duquesa y estoy convencido de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor para una cosa, lo es para todas.

Es un hombre relativamente pobre, o para nada sería un detective. Es un hombre común, o no viviría entre gente común. Tiene una intuición de la personalidad, o no conocería su trabajo. No aceptará el dinero deshonesto de nadie ni la insolencia de nadie sin la debida y desapasionada venganza. Es un hombre solitario y su orgullo consiste en que le traten como a un hombre orgulloso o lamentarán haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con rudo ingenio, con un vivaz sentido de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y desprecio por la mezquindad.

La historia es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre apto para la aventura. Tiene un nivel de conciencia que te asombra, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera tantos hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, sin que fuera demasiado aburrido que mereciera la pena vivir en él»

(Fragmento traducido de «The simple art of murder» – Ed. Vintage Crime)

Loading

Suscríbete a Inmisericordes
Si quieres estar al día de mis publicaciones, no tienes más que suscribirte
Tu dirección de correo electrónico no será cedida o vendida a terceros*. No SPAM

Otras entradas

Muerte de un violinista – José Luis Correa (2013)

Muerte de un violinista es la tercera entrega de la serie del detective privado Ricardo Blanco. La Filarmónica de Nueva York está en Las Palmas. Juliette Legrand, viola, va a sustituir a Rebecca Adams «que había enfermado de repente. Aún no sabían bien qué era. Simplemente se había sentido indispuesta

Leer más »

«Siempre hay alguien a quien matar» – Guillermo Orsi (2015)

Sin más preámbulos, les transcribo el comienzo de Siempre hay alguien a quien matar: «La lluvia cae con furia suicida sobre la terminal del ómnibus de Los Médanos. «El agua relampaguea como si surgiera del manantial de los infiernos», garabateo en mi libreta de apuntes mientras espero en el bar

Leer más »
Confirmado: La página tiene cookies. Si continúa la navegación, acepta su uso    Ver Política de cookies
Privacidad