Con los ojos cerrados es la segunda entrega del abogado Sergio Guerrieri. El protagonista continúa su relación con Margarita y cada uno en su casa. A veces la comparten, dependiendo del humor y necesidad de la pareja.

A través del inspector Tancredi, Guerrieri conocerá a sor Claudia, una monja directora de Safe Shelter «una comunidad con sede secreta donde se alojaban mujeres víctimas de la trata, rescatadas de sus torturadores, mujeres maltratadas por maridos violentos, obligadas a abandonar sus hogares, exprostitutas, colaboradoras de la justicia». Una de esas víctimas es Martina quien ha roto la relación con su pareja, un príncipe azul que acabó convirtiéndose en un ser violento. Ante el acoso de él y sintiéndose amenazada, entró en Safe Shelter. La víctima ha interpuesto tres denuncias, pero ninguna ha prosperado. Tancredi informa a Guerrieri que, antes de acudir a él, visitron otros dos abogados, pero todos han rechazado el caso. ¿La razón? El maltratador es Gianlucca Scianatico, «un conocido representante de la llamada alta sociedad de Bari. Un poco mayor que yo, exmatón fascista, jugador de póquer. Y cocainómano, según se decía» y su padre es Ernesto Sciannatico, presidente de una de las secciones del tribunal de apelación. Dicho de otra forma, cualquier abogado penalista en Bari se las tendría que ver tarde o temprano con el juez Sciannatico. Sin embargo, Guerrieri no mira para otro lado y acepta el caso.

Ni que decir tiene que no será sencillo, ni por las presiones que recibe, ni por su relación con su defendida quien le oculta detalles y particulares que podrán afectar al devenir del juicio. Un juicio en el que la parte contraria juega con ventaja. En paralelo, iremos conociendo retazos de la infancia de una niña donde se intuye una historia de abusos por parte de un vecino. La relación de Guerrieri con la monja irá evolucionando y al final descubrirá un secreto que cambiará toda la historia.

En Con los ojos cerrados, vivimos cómo Guerrieri entra en la crisis de los cuarenta años: «Me di cuenta de que tenía arrugas en las comisuras de la boca, cerca de los ojos y, sobre todo, en la frente. Largas y profundas como trincheras. Cuando habían aparecido, ¿por qué no me había dado cuenta?». Esto coincide con reencuentros de su pasado, un amigo al que hacía años que no había visto, Emilio Ranieri, o la tarjeta de felicitación navideña de Abdou Thiam, al que conocimos en la primera entrega de la serie, Testigo involuntario. Como siempre brilla la ironía del abogado que no duda de reírse de sí mismo y de la mentalidad de otros. También su intuición no le falla, aunque no la siga siempre. Al contrario que su olfato:

«Soy capaz de sentir y reconocer el olor del miedo, que es muy desagradable, rancio y ancestral. Lo he sentido muchas veces en las comisarías, en los cuarteles de los carabineros, en las cárceles, mientras asistía a los interrogatorios de mis clientes. De los más desesperados, los más débiles o simplemente los más cobardes cuando se dan cuenta de que están realmente en apuros, o que no tienen escapatoria».

La mayor parte de la acción transcurre en el tribunal, donde Guerrieri nos va conduciendo por los recovecos de las leyes y el oficio de la abogacía. No en vano, el autor, Gianrico Carofiglio, es juez de profesión y, para más señas, también en la ciudad de Bari ha sido juez antimafia. Les dejo una pincelada de ese ambiente:

«Empleados con carritos y montones de expedientes, acusados que buscaban su sala o su abogado, agentes de policía penitenciaria que acompañaban a los detenidos esposados; caras negras y perdidas; bandidos tatuados con aires de clientes habituales de tribunales y comisarías; otros bandidos que al cabo de unos instantes te dabas cuenta de que eran policías de la unidad antirrobo; jóvenes abogados con bronceados fuera de temporada, cuellos grandes, corbatas con nudos grandes; personas normales dispersas por el tribunal por los motivos más diversos. Casi nunca buenos.»

O cómo se las gasta Guerrieri con algunos clientes:

«La secuencia, en casos como este, era la siguiente: decir que el fiscal era duro; decir que podría intentar un acuerdo con una pena mucho mayor de la que esperaba conseguir; acordar la pena que había previsto desde el principio; confirmar mi reputación de abogado de confianza y con carácter; cobrar el resto de los honorarios.»

Sergio Guerreri, un abogado de carne y hueso, imperfecto, pero con el afán de hacer justicia, a pesar de las leyes y gracias a las leyes. Si les gusta las tramas de ambiente judicial, no se lo piensen dos veces.

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