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Manuel Bianquetti, inspector de policía, ha sido “desterrado” a Cádiz por asuntos internos. En su nuevo destino, no investigará crímenes, sino que será un “vulgar archivero”. Bianchetti “se convirtió en un paria, una suerte de hombre invisible que se ausentaba de comisaría cada vez que tenía ocasión sin que nadie pareciera darle importancia”.

Comparte escritorio con Morgado, responsable del archivo, y quien pasa más tiempo leyendo periódicos en el ordenador que propiamente trabajando.  Bianquetti se ha creado su rutina con un Opel Kadett que se ha asignado y que nadie reclama en el parque móvil. Deja pasar los días de cerveza en cerveza, sin rendir cuentas a nadie. No es popular entre sus compañeros de trabajo y con el comisario Tejada a punto de jubilarse ha alcanzado un “status quo” donde él no pisa la comisaría y no molesta a nadie (ni nadie lo molesta).

Todo esto saltará por los aires cuando aparezca el cuerpo de Clara Vidal, una adolescente muerta. Su hija Sol “también tenía dieciséis años cuando cayó en las garras de un degenerado”. Él la pudo rescatar, pero con una acción que lo condenaría profesionalmente y pondría el punto final a su matrimonio con Patricia.

El novio de Clara es detenido y llevado a comisaría. Al ver el chico, el instinto de Bianquetti, antiguo inspector de homicidios, le impele a actuar “antes de que sea demasiado tarde”. Casi toda la acción transcurre en setenta y dos horas. Bianquetti investigará por su cuenta y logrará ir un paso por delante de Silva, el inspector encargado del caso. Por si fuera poco, al carácter arisco de Bianquetti, se le juntará una animadversión mutua y manifiesta con Silva.

Bianquetti tiene más de detective que de policía. Es un sabueso “los pequeños detalles resultaban tan importantes como las pruebas más evidentes y había que ser muy cuidadoso para no pasar nada por alto”. Tiene características del detective clásico, tirando del hilo de todas las posibles pistas, alcohol y golpes incluidos. Pese a su envergadura y altura no siempre saldrá victorioso en sus peleas cuerpo a cuerpo. También tiene algo de sheriff solo ante el peligro, al que otros personajes no dudan en intentar apartar del curso de la investigación o utilizarlo, máxime cuando el hijo de una poderosa familia puede estar implicado en el crimen. Como lectores, estaremos en un plano de igualdad con Bianquetti y seremos testigo del resultado de sus pesquisas.

En paralelo, conoceremos la vida de la enfermera Pilar quien ha sufrido malos tratos y ha tenido que abandonar Granada para rehacer su vida en Cádiz. Su asistente social le comunicará que Eugenio, su marido y verdugo, ha salido de prisión. Las dos son conscientes de que irá en su busca para vengarse. No les arruino la trama si les adelanto que las vidas de Bianquetti y Pilar se cruzarán.

“La maniobra de la tortuga” se lee al mismo ritmo endiablado de sus capítulos cortos, máxime cuando Benito Olmo nos dejará en vilo hasta el final, sin trampas, ni fuegos de artificio, ni revelaciones de última hora. Una novela negra de las de verdad, de las que no abundan.

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